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Rombos - Gustavo Cerati
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Cuando lee y ríe, a veces es la misma pero mucho más certera.
Probó la crema sabe la verdad y está... serena.
En un cuarto lleno de rombos. Un cuarto lleno de rombos.
Hay canciones que no funcionan si hay alguien al lado. No porque sean tristes ni porque sean íntimas. Sino porque necesitan que la mente esté en dos lugares al mismo tiempo: en el camino de adelante y en el camino grande, ese que uno viene recorriendo desde hace años sin darse cuenta. Neil Hannon le canta a eso en tres minutos. "The Heart is a Lonely Hunter" solo se disfruta a cierta velocidad, con el camino derecho enfrente. El corazón como cazador en una llanura, un pasado que dejar atrás, un futuro que todavía no se revela. La vida como obra de sombras que pasa mientras uno maneja. Y cuando parece que el peso de ese inventario es demasiado, entra el solo de guitarra. Aire. Como esa recta larga después de una curva difícil donde uno pisa un poco más el acelerador sin saber bien por qué. Para los viajes solos. Para cuando el camino de adelante y el de atrás se confunden en uno solo.
Por Iván Dessau Hace siete años que vivo afuera de Argentina, y si hay algo que no extraño para nada, son los conciertos masivos. Nunca los soporté. Para empezar, no me gusta tanta gente junta. Me recuerda a enero en Mar de Ajó. Mucho menos me gustan las filas, pegotearme con torsos transpirados, hacer esfuerzos permanentes para ver el escenario a pesar de mi metro ochenta, el olor a choripán mezclado con porro, y tener que empujar para no morir. Pero mi Top Five de lo peor se lo lleva la misma pasión musical argenta. Miles de personas cantando a voz de cuello tribunero cada puta melodía, cada puto riff, hasta cada puto solo de batería. El oído absoluto y absolutista que a los artistas extranjeros les fascinaba, a mí me ponía histérico. Yo quería escuchar la música, no los gritos desaforados del pelotudo en suerte que me tocaba al lado. Sí, soy un gorila musical, ¿y qué? Pero lo más extraño, es que un impulso masoquista me hacía seguir yendo. Era un gorila, pero uno que iba ...
Un día David encontró lo que quería hacer con su música. Nos jugamos a decir que eso era sonreir. Más allá de la ternura que produce escuchar cantar a un padre con su hija, pasando el pequeño detalle que ese padre sea el guitarrista de Pink Floyd , más allá de enterarnos que esa hija, Romany, toca el harpa y canta muy, muy bien, la novedad musical que más nos sorprendió fue ver y escuchar a Gilmour sonreir. El más flemático de los guitarristas británicos, ese que podía conmoverte hasta la última célula y hacerte llorar con una escala pentatónica sin cambiar nunca la expresión de su cara ahora emociona desde otro lado. Para otra vida quedaron los rayos láser de precisión y el sonido cuadrafónico libre de toda impureza. Gilmour estaba para otra cosa, hoy con una criolla y una sonrisa tocando en una sobremesa con toda su familia, su nietos y su perro parece haber encontrado su lugar más cómodo y nos recuerda, por si no lo recordábamos, que lo esencial siempre está ahí a mano. ...