Melancolía de futuro
Por Iván Dessau Hace siete años que vivo afuera de Argentina, y si hay algo que no extraño para nada, son los conciertos masivos. Nunca los soporté. Para empezar, no me gusta tanta gente junta. Me recuerda a enero en Mar de Ajó. Mucho menos me gustan las filas, pegotearme con torsos transpirados, hacer esfuerzos permanentes para ver el escenario a pesar de mi metro ochenta, el olor a choripán mezclado con porro, y tener que empujar para no morir. Pero mi Top Five de lo peor se lo lleva la misma pasión musical argenta. Miles de personas cantando a voz de cuello tribunero cada puta melodía, cada puto riff, hasta cada puto solo de batería. El oído absoluto y absolutista que a los artistas extranjeros les fascinaba, a mí me ponía histérico. Yo quería escuchar la música, no los gritos desaforados del pelotudo en suerte que me tocaba al lado. Sí, soy un gorila musical, ¿y qué? Pero lo más extraño, es que un impulso masoquista me hacía seguir yendo. Era un gorila, pero uno que iba ...